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El clima dejó de repetirse. Nuestras herramientas de diseño todavía suponen que sí.

hace 16 horas
5 min de lectura

Charla sobre atribución de eventos extremos, criterios de diseño y la distancia entre el peligro y el daño.


La charla en Explora, Zonamerica, 10 de septiembre de 2026
La charla en Explora, Zonamerica, 10 de septiembre de 2026

En junio de 2023, en Montevideo, abrimos la canilla y el agua estaba salada.


Paso Severino había caído al 2,4 % de su capacidad. Para sostener el

abastecimiento, OSE tuvo que recurrir a agua más salobre, con mayor

contenido de sodio y cloruros.


Todos hicimos la misma pregunta: ¿fue el cambio climático, o fue mala suerte?


La pregunta está mal planteada. Y el modo en que está mal planteada explica

buena parte de lo que sigue.



Paso Severino en 2023
Paso Severino en 2023


DOS COSAS QUE LA PREGUNTA CONFUNDE


Veníamos de una sequía multianual. Hay una disciplina que estudia justamente

eso: la atribución de eventos extremos, que mide cuánto influyó el

calentamiento en un episodio concreto.


El estudio de atribución sobre esa sequía regional no pudo atribuir al

cambio climático el déficit de precipitación analizado, y encontró un papel

importante de La Niña. Sí concluyó que las temperaturas más altas

probablemente redujeron la disponibilidad de agua, agravando la sequía.


Conviene separar dos cosas que el resumen periodístico tiende a fundir. Ese

estudio midió si el calentamiento hizo más probable la falta de lluvia en la

región. Nunca preguntó por qué esa falta de lluvia terminó en agua salada

saliendo de las canillas de Montevideo.


Lo primero es un fenómeno climático. Lo segundo es lo que ese fenómeno le

hizo a un sistema de abastecimiento concreto.


Porque había otra capa. Después de la crisis, el propio Estado describió la

baja resiliencia del sistema metropolitano: una sola fuente de agua y una

sola planta de potabilización para toda el área.


La sequía fue el peligro. La crisis apareció cuando ese peligro encontró un

sistema con reservas agotadas y redundancia limitada.


El clima modifica el peligro. La infraestructura decide cuánto de ese

peligro termina en daño.


Esa distinción parece de manual, y sostiene todo lo demás.


El problema excede a OSE. Alcanza a cualquiera que proyecte. Proyectamos con

temperaturas de diseño, cargas térmicas, lluvias, períodos de retorno,

grados-día. Buena parte de esas herramientas todavía se apoya en series de

datos históricas, que tratan al clima como si se repitiera.


Pero el clima dejó de repetirse, y el edificio que se proyecta este año

puede seguir en pie pasados 2100.



LA PREGUNTA QUE SÍ SIRVE



Durante años, el debate público giró alrededor de si el cambio climático era

real. Para quien proyecta, esa conversación podía terminar sin dejar un solo

valor a modificar en una memoria de cálculo.


La pregunta útil está formulada de otra manera. No cuánto del evento fue el

clima, como si el fenómeno pudiera repartirse en porciones, sino cuánto más

probable, o cuánto más intenso, lo hizo el calentamiento.


El método consiste en comparar dos mundos. Uno es el clima observado, con la

influencia humana dentro. El otro es un clima contrafáctico, reconstruido

con modelos: el que habría existido sin esa influencia. Si el episodio

resulta más frecuente o más intenso en el primero, la diferencia se atribuye

a la influencia humana.


La disciplina tiene unos veinte años. Lo que cambió es su madurez: más

fenómenos abordables y, para algunos casos, resultados en cuestión de días.


Una precisión esencial: atribución no es proyección. La atribución pregunta cuánto cambió un evento que ya ocurrió. Para entender cuánto ya cambió el clima y decidir cómo diseñar un edificio que seguirá en pie en 2100, conviene usar las dos.


Algo sobre la imagen generada que parece ciencia.
Algo sobre la imagen generada que parece ciencia.


La jerarquía es cualitativa: las barras ordenan, no cuantifican.

En julio de 2026, las National Academies publicaron una actualización sobre

el estado de la disciplina. Su conclusión más útil para un proyectista

excede cualquier titular: la capacidad de atribución varía según el

fenómeno.


Los extremos de calor y de frío están arriba: es donde la atribución resulta

más robusta. Las lluvias intensas de gran escala también admiten confianza

alta, y esa precisión de escala importa. Sequías y ciclones tropicales

quedan en zona intermedia: se puede decir bastante, con cautela, según el

evento, la región y la métrica. Y las tormentas convectivas severas quedan

más abajo: granizo, ráfagas, esas células que rompen techos en veinte

minutos. Dependen de procesos de pequeña escala que los modelos globales

convencionales no resuelven explícitamente.



Quien quiere alertar sobre el cambio climático cae fácil en una tentación:

convertir "hay cambio climático" en "todo evento extremo es cambio

climático". Convertir una tesis en la otra debilita el argumento y le

entrega al escéptico la única objeción que necesita.


La jerarquía es cualitativa. Las barras ordenan, no cuantifican.
La jerarquía es cualitativa. Las barras ordenan, no cuantifican.

Esta ciencia gana fuerza haciendo lo contrario: cuantifica donde tiene con

qué, y donde le falta lo dice.


QUÉ MOVER EN EL PROYECTO


De ahí salen tres frentes con tratamientos distintos.


Calor. Sobrecalentamiento, cargas de refrigeración, envolvente,

sombreamiento, ventilación, isla de calor urbana. La evidencia sobre calor

alcanza para cuestionar con mayor confianza algunos supuestos históricos de

proyecto. Confort y salud se juegan ahí. Un edificio que sobrecalienta

incomoda; en enero, puede enfermar gente mayor.


Agua. Drenaje, pluviales, impermeabilización, cota de implantación,

retención en sitio. Uruguay ya empezó a reconocer el problema: el Plan

Nacional de Aguas Pluviales Urbanas señala que incorporar cambio climático

al diseño todavía no está generalizado, y plantea revisar las curvas de

intensidad-duración-frecuencia, las curvas IDF, incorporando escenarios

futuros. Eso es revisar, literalmente, la relación entre el pasado y el

criterio de diseño.


Granizo. Acá la receta cambia: norma, margen y criterio local. Inventar

un factor climático que la ciencia todavía no puede justificar sería falsa

precisión. Menor confianza de atribución no significa menor riesgo. Lo que

todavía no sabemos medir exige margen. El granizo rompe techos igual.



PROBABILIDAD Y DAÑO SON COSAS DISTINTAS



Hay una frontera nueva en la disciplina que toca todavía más de cerca a

quien proyecta. Ya no se estudian solamente los eventos: también empiezan a

atribuirse impactos, como mortalidad, pérdidas económicas y daños de

infraestructura. Esa línea tiene consecuencias para seguros, gestión de

riesgo, adaptación y litigios.


De ahí sale una distinción que conviene tener presente: **que un evento sea

diez por ciento más probable no significa que el daño haya aumentado diez

por ciento.**


La relación entre peligro y daño no es lineal: el daño crece a saltos. En

obra se entiende enseguida: unos centímetros más de agua pueden ser inocuos

hasta que se supera una cota. A partir de ahí, el impacto cambia de escala.



SOBRE EL DAÑO PODEMOS INTERVENIR



El daño depende de tres cosas. Del peligro, que es el fenómeno: la sequía,

la lluvia, el granizo. De la exposición, que es qué y quiénes quedan en su

camino. Y de la vulnerabilidad, que es cuánto los afecta cuando llega.


Sobre el peligro decide el clima. La exposición se decide al implantar:

dónde va el edificio, a qué cota, sobre qué terreno. La vulnerabilidad se

decide al resolver: qué drenaje, qué envolvente, qué redundancia.


De nuestro lado del tablero quedan decisiones sobre exposición y

vulnerabilidad. Ahí el proyecto cambia el resultado.



FALTA EVIDENCIA DE ACÁ



Un último punto, y es incómodo. La evidencia se concentra donde hay datos.

Donde hay series largas, buenas redes de observación y capacidad científica

instalada, resulta más fácil producir atribuciones robustas. Nuestra región

tiene menos cobertura.


Menos estudios no significa menos influencia climática. Significa menos

capacidad para medirla, y menos evidencia local para justificar una decisión

de diseño o una inversión en resiliencia.


Cerrar esa brecha requiere otra forma de infraestructura: infraestructura de

datos.


Y ahí hay algo al alcance de quien proyecta. Medir nuestros edificios no

reemplaza medir el clima, pero permite observar cómo ese clima se transforma

en impacto: temperaturas interiores, consumos, horas fuera de confort,

fallas, desempeño real de las envolventes. Sistematizar y publicar esos

datos genera evidencia local para adaptación.


:

Volviendo al agua salada de 2023.


La pregunta ya no es si aquello fue el cambio climático.


La pregunta es qué estamos diseñando distinto desde entonces.


REFERENCIAS:


La versión completa de este texto, con las fuentes enlazadas, está publicada


Informe: National Academies of Sciences, Engineering, and

Medicine (2026), Attribution of Extreme Weather and Climate Events and Their

Impacts, Washington DC, The National Academies Press, doi 10.17226/28590.

 
 
 

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